El mindfulness o meditación de consciencia plena ofrece una vía para regular nuestras emociones y pensamientos, con efectos beneficiosos en términos de aumento del bienestar subjetivo y reducción de síntomas relacionados con la depresión o la ansiedad, entre otros. Su uso se ha extendido además a numerosos ámbitos, desde la psicología clínica, la educación o la psicología del trabajo. Sin embargo, sus mecanismos de funcionamiento son aún en gran medida desconocidos. Algunas aportaciones llevadas a cabo desde la psicología y las neurociencias sugieren que esta forma de meditación favorece un cambio de perspectiva a la hora de contemplar nuestra vida mental, cuyo sustrato a nivel cerebral tal vez sea trazable gracias a las técnicas de neuroimagen.

Nuestro cerebro es el "bosque de neuronas" que guarda "los secretos de la vida mental"(*). Los pensamientos, emociones y sensaciones que experimentamos, e incluso la propia noción de quienes somos, hunden sus raíces en alguna parte de su suelo. En un bosque así es fácil perderse, quedar atrapado, o incluso tener algún que otro desencuentro con las variadas criaturas que lo pueblan. A veces, las emociones negativas cuelgan de las ramas de sus árboles como si fueran serpientes en la selva, y algunos pensamientos pueden ser tan perturbadores como una lechuza en plena noche.

Pero nuestra mente también es un bosque majestuoso, lleno de caminos seguros y tranquilos por los que pasea la razón, de manantiales que inspiran nuestra creatividad, o de tranquilos claros en los que encontrar un momento de calma y paz.

El problema es que, como advierte el dicho popular, a veces los árboles no nos dejan ver el bosque. Y es que, en última instancia, este bosque está dentro de nosotros, pero también nosotros estamos dentro de él.

La psicología ha sido consciente de esta doble perspectiva desde los tiempos de Williams James. En parte somos el sujeto que conoce y vive en el aquí y ahora; y en parte, cuando reflexionamos sobre nuestra propia experiencia, somos el objeto conocido, un contenido más de la conciencia. James decía que "sea lo que sea en lo que pueda estar pensando, siempre soy al mismo tiempo más o menos consciente de mí mismo, de mi existencia personal"(1) (James, 1893, p. 176).Sin embargo, su visión es quizá demasiado optimista.

En muchas ocasiones, no somos conscientes del flujo de pensamientos, emociones, impresiones y sensaciones que nuestra mente produce o que llegan a ella; simplemente, nos dejamos llevar arrastrados por la corriente de este río. Nos fusionamos con aquello que experimentamos... si siento tristeza, esta emoción colorea de oscuro todo lo que hago y pienso; si siento ansiedad, el mundo se vuelve un lugar amenazante frente al que trato de tomar precauciones; si estoy en plena rutina, todo se vuelve aburrido.

Algo similar ocurre con los pensamientos que tenemos acerca de nosotros mismos. Nos identificamos con el relato que construimos sobre quiénes y cómo somos, a veces sin ver más allá, reduciéndonos a la historia que contamos sobre nosotros mismos. Mientras tanto, el "yo" del "aquí y ahora" nos pasa desapercibido, y con él la posibilidad de experimentar el mundo -y vernos a nosotros mismos- desde una perspectiva diferente, más abierta. En una versión actualizada de la idea de James, el premio Nobel Daniel Kahneman ha diferenciado entre el "yo que experimenta" y el "yo que recuerda". Estos se rigen por dinámicas diferentes, e incluso, "sienten" de forma distinta, lo que tiene implicaciones para nuestra idea de "felicidad". Como sugiere Kahneman, no es lo mismo estar contento y feliz en la vida que valorar tu vida como feliz.

Recientemente, el uso de técnicas de meditación de consciencia plena (mindfulness) ha tratado de reconducir la situación, aportando a la caja de herramientas de la psicología instrumentos con los que fomentar una vida más plena y consciente. En lo fundamental, estas técnicas se basan en elentrenamiento de la atención, ya sea focalizándola en los estímulos externos que nos rodean o en el flujo de nuestros pensamientos y emociones, permaneciendo siempre en el momento presente.(2, 3)

La investigación sobre mindfulness ha crecido exponencialmente, con numerosos estudios que apuntan a su eficacia en el tratamiento de síntomas relacionados con la depresión, la ansiedad o el retardo del deterioro cognitivo, entre otras aplicaciones (4, 5, 6). Basta una rápida búsqueda en algunas bases de datos, como Google Scholar, PsycInfo o PubMed, para hacerse una idea del volumen de bibliografía que la meditación mindfulness ha generado en la última década. Pero su relevancia no es sólo cuantitativa. En términos cualitativos, dentro del campo de la psicoterapias se conoce ya a los enfoques basados en mindfulness como "terapias de tercera generación", y se trata sin duda de una perspectiva actualmente en auge. Su uso se ha extendido incluso más allá de la psicología clínica, al ámbito de la psicología de la salud(7), la psicología del trabajo(8), o también, al de la psicología educativa (9).

¿Por qué funciona el mindfulness?

A pesar del auge de las técnicas de mindfulness y de los efectos beneficiosos que se asocian a ella, los mecanismos psicológicos y neuropsicológicos a través de los cuales operan son en gran medida desconocidos aún. Shauna Shapiro y sus colaboradores han planteado una interesante propuesta en este sentido(3). Según estos investigadores, los tres componentes centrales en la práctica del mindfulness son la intención, la atención y la actitud. A primera vista, lo más saliente en esta forma de meditación es que se basa en la observación de la experiencia interna y externa, en el aquí y ahora, momento a momento, prestando atención al flujo de estímulos que atraviesan nuestra mente. Pero igualmente importante es el porqué –la intención- y el cómo –la actitud- con que se lleva a cabo esta práctica. La motivación para practicar mindfulness parece cambiar con la experiencia, yendo desde la autorregulación de los propios pensamientos y emociones inicialmente, pasando por la autoexploración personal, hasta la autoliberación y el desarrollo de la compasión, finalmente. En cuanto a la actitud con que se lleva a cabo, la meditación requiere la contemplación de pensamientos y emociones sin interpretarlos, juzgarlos o evaluarlos en modo alguno. Implica una mirada compasiva, curiosa y abierta hacia todo aquello que atraviesa nuestro campo de conciencia, sin interferir en ello, simplemente aceptándolo.

Como resultado, de alguna forma el bosque al que se asemeja nuestra vida subjetiva se hace visible, en su riqueza, complejidad y dinamismo. Los tres componentes del mindfulness favorecerían un cambio de perspectiva. La mente, al dejar de ser arrastrada por el flujo de pensamientos, emociones e impresiones, tomaría conciencia de sí misma gracias a un progresivo distanciamiento frente a dichos contenidos de la conciencia. Como dicen Shapiro et al., "lo primero que se reconoce en la meditación es que los fenómenos que se contemplan son distintos de la mente que los contempla"(3). En definitiva, se logra experimentar que uno es más que sus estados de tristeza, ansiedad o dolor, o que sus pensamientos negativos, al des-identificarse y des-apegarse de ellos.

Aadicionales asociados a este cambio de perspectiva. En primer lugar, la práctica del mindfulness permitiría alcanzar un mayor grado de autorregulación. Al tomar distancia frente a los estados emocionales, éstos se convierten en una valiosa fuente de información a la hora de regular nuestra conducta y nuestro pensamiento, sin ser arrastrados por ellos. La mayor autoconciencia permitiría además una mayor flexibilidad en el pensamiento, la emoción y el comportamiento, una vez que se dejan atrás los patrones automáticos rígidos y estereotipados. Tomar conciencia de las posibilidades de actuación que se abren ante nosotros implica, por otra parte, una reflexión sobre los valores y significadosque son relevantes para la persona, emergiendo así un cierto compromiso ético hacia aquello que nos rodea. Finalmente, el mindfulness es en gran medida afín a las terapias de exposición o desensibilización, en las que la persona aprende a responder a pensamientos y emociones problemáticos de una forma desapasionada o, al menos, con una menor intensidad.

Stefan G. Hofmann y Gordon Asmundson, por su parte, han puesto el énfasis en el componente de aceptación de la experiencia implícito en la práctica del mindfulness(10). La bibliografía sobre regulación emocional ha señalado que las técnicas de evitación experiencial, como la supresión de pensamientos o emociones, o el escape de estímulos aversivos, tienden a ser contraproducentes, contribuyendo a mantener los estados subjetivos negativos que se tratan de evitar. El entrenamiento en mindfulness contrarrestaría el uso de tales estrategias, ya que trata de hacer que la persona sea plenamente consciente y acepte sin juzgar sus pensamientos y emociones, aunque éstos no sean agradables. En este sentido, tal y como habían señalado Shapiro et al., el mindfulness promueve la exposición a la experiencia, frente a la evitación de la misma.

Otros autores, como Desbordes et al., han planteado que los componentes activos del mindfulness pueden resumirse en un concepto: ecuanimidad (11). Éste se refiere a un estado mental de calma o una tendencia disposicional hacia todas las experiencias u objetos, independientemente de que su cualidad afectiva sea placentera, displacentera o neutra, e independientemente de la fuente de la que provengan. Tal estado de ecuanimidad conllevaría un comportamiento imparcial ante los contenidos de conciencia, que no serían reprimidos, negados, juzgados o temidos, sino simplemente aceptados tal y como se presentan.

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