A lo mejor esta situación te resulta familiar: estas preocupado, aburrido o ansioso y sin darte cuenta te has terminado toda la bolsa de patatas fritas, o te has acabado la merienda que guardabas para más tarde. Y te sientes culpable y con el estómago a punto de explotar. Si esta situación se repite, tal vez sientas que no tienes fuerza de voluntad o que nunca vas a poder controlar tu apetito. Sin embargo, lo que te ocurre no tiene nada que ver con el hambre. Es causado por el apetito emocional y explica por qué buscar un psicólogo para adelgazar.

¿Por qué necesito un psicólogo para adelgazar?

Muchas veces comemos para aliviar y afrontar determinadas situaciones y tenemos que aprender a afrontar estos estados con otras estrategias distintas a la comida. Y para ello, el primer paso es aprender a reconocer el hambre emocional.

Comemos pizza cuando estamos contentos, patatas fritas en los momentos de aburrimiento y queso ante el estrés. Somos capaces de recorrernos el barrio entero en busca de una tienda abierta para comprar chocolate una tarde. Esto no tienen nada que ver como el hambre y mucho con el estado de nuestras emociones.

Comer es una necesidad fisiológica, sin embargo, este acto puede estar influenciado por muchas causas, la mayoría de naturaleza emocional.

El hambre emocional

A pesar de que el concepto "hambre emocional" es reciente, es una realidad con la que llevamos conviviendo desde siempre. El hambre emocional hace referencia a esa necesidad imperiosa que sentimos por comer cuando en realidad no sentimos hambre física. La tristeza, el estrés o incluso el aburrimiento pueden ser el origen del hambre físico y no el estómago vacío. 

Desde pequeños nos enseñan a utilizar la comida como premio y castigo. Nos obligan a comernos las judías y nos premian con chocolatinas cuando nos portamos bien. Este tipo de actos quedan grabados en nuestra memoria y nos hacen asociar la comida con funciones que nada tienen que ver con la alimentación. 

Poco a poco los alimentos van saciando nuestras necesidades emocionales, hasta que llega un momento en el que no somos capaces de distinguir cuando tenemos hambre física y cuando es el hambre emocional la que nos impulsa a comer.

Rasgos del hambre emocional

1. - El hambre emocional aparece de manera brusca

A diferencia del hambre física, que aparece poco a poco, el hambre emocional irrumpe bruscamente.

2.-  El hambre emocional siente predilección por determinados alimentos

Cuando el hambre física apremia, cualquier cosa que metamos en nuestro estómago será bien recibida. El hambre emocional, por el contrario, busca alimentos ricos en hidratos de carbono como la pasta, los dulces o la bollería para saciarse.

3.- El hambre emocional no se localiza en tu estómago

Mientras que el hambre física la sentimos como una sensación de vacío en el estómago, el hambre emocional nos ataca en forma de pensamientos obsesivos sobre comer y deseos de masticar.

4.- Preferencia vs necesidad

El hambre física es paciente, prefiere ser saciada pronto pero puede esperar a hacerlo. El hambre emocional, sin embargo, es urgente y necesita ser satisfecha de forma inmediata.

5.- La causa del hambre emocional son las emociones

El hambre física aparece después de estar durante horas sin haber ingerido comida. El hambre emocional surge tras un pensamiento, emoción o acontecimiento que nos haya perturbado. Pueden ser sucesos estresantes o ansiosos pero también momentos de alegría y felicidad los que nos lleven a comer desde la emoción.

6.- Sigo comiendo a pesar de estar saciado

Cuando tenemos hambre física y comemos, la sensación desaparece. Por contra, el hambre emocional no desaparece después de comer. De hecho es habitual no poder parar de comer hasta que nuestro estómago se resiente y empieza a doler.

Neuronas en el intestino

Mariposas en el estómago cuando estamos enamorados, un nudo de nervios en la barriga ante una situación difícil o estreñimiento en un periodo de estrés. Muchas de nuestras emociones se conecta a nuestro sistema intestinal y estos son claros ejemplos de ello. 

Las personas tenemos un segundo cerebro en el intestino con mas de 100 millones de neuronas, las mismas que el cerebro de un gato. Estas neuronas son las encargadas de controlar nuestro sistema digestivo, especialmente nuestro intestino, en el que se alojan millones de bacterias que velan por nuestro equilibrio, en el sentido más amplio de la palabra.

Así, el conocimiento de este segundo cerebro ha abierto un campo de posibilidades para el tratamiento de trastornos intestinales como la enfermedad de Crohn o en Síndrome del Intestino Irritable. La relación entre los problemas emocionales y enfermedades intestinales está cada vez más clara y muchos de los tratamientos empleados en los problemas emocionales pueden servir también para tratar enfermedades digestivas. Por ejemplo, se ha visto cómo la meditación, puede ayudar en el caso del Síndrome del Intestino Irritable o en casos de nauseas crónicas.

Así pues, es importante aprender a romper el círculo del hambre emocional y canalizar de otra forma nuestras emociones. En la Clínica Universitaria Síndrome, podemos ayudarte a detectar el hambre emocional y enseñarte estrategias para afrontar tus emociones de manera más saludable y adaptativa. Llámanos e infórmate.

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