A las más jovencitas seguro que ni les suena, pero toda española que haya pasado de los 40 recordará aquel país donde beber alcohol era 'cosa de hombres'. No se trataba de una cuestión propia de los anuncios de la época -que se limitaban a reflejar la realidad del país-, sino de un machismo que rezumaba por los poros de una sociedad para la que el alcohol (al igual que el tabaco o que el sexo por el sexo) era terreno vedado a la mujer, una que en público se permitía tan solo un anisete, una quina Santa Catalina o un vasito de sangría. No significa que no existieran señoras que bebieran: la soledad de las cocinas estaba llena de amas de casa que echaban mano de la botella, aunque era asunto tabú.

No ha pasado tanto tiempo de aquello, pero ya lo dijo Alfonso Guerra en los años de la Transición: "A España no la va a conocer ni la madre que la parió" y, desde luego, en el terreno del consumo alcohólico así fue. "De aquella española 'virtuosa' y 'abstemia' del franquismo hemos pasado a una que quiere beber como los hombres. Para lo bueno y lo malo", expone la socióloga Ana de la Torre, que se refiere a "un proceso más en la búsqueda de paridad, aun cuando a veces suponga imitar hábitos que pueden ser nocivos. Es equiparable al consumo del tabaco -ya igualado entre hombres y mujeres- o a determinadas actitudes de conquista sexual 'depredadora' por parte de chicas jóvenes".

El cambio comenzó a detectarse a finales del siglo XX: según se refiere en el estudio 'Género, alcohol y cultura' (Genacis), publicado en 2004, diversas encuestas constataban el aumento progresivo del consumo alcohólico femenino. Y no solo en las jóvenes. Todos los grupos de edades, incluido el segmento de 40-65 años, registraban un alto incremento.

Y la curva al alza continúa: un reciente estudio sobre 'Percepción del alcohol en España', realizado por el laboratorio Lundbeck, señala que un 14,5% de las mujeres reconoce beber dos o más veces a la semana, y un 29% lo hace al menos dos veces al mes. Pero esto es una media, y el sesgo viene marcado por los años de las encuestadas: entre sus conclusiones, el estudio apunta que "el porcentaje de las que no consumen presenta una tendencia creciente con la edad" -cuanto más mayores, menos bebedoras-, y que la propensión "en el consumo de riesgo también es inversa con relación a los años" (cuanto más jóvenes, más borracheras). De ahí surge la generación pinza, esas mujeres de edad intermedia cuyas madres ven con malos ojos el consumo femenino de alcohol, y cuyas hijas beben hasta perder el control cada fin de semana.

Puede parecer que bebemos sin causa aparente, pero una ojeada a la encuesta 'El consumo de alcohol y otras drogas entre las mujeres', realizada por el Instituto de la Mujer, puede hacernos pensar acerca de un entramado social que es de todo menos igualitario. A la pregunta ¿'motivos' para beber?, las jóvenes urbanas de nivel socio educativo medio y alto alegaron "placer y diversión", "facilitar el contacto social", "transgresión", "el grupo"... ; y las mujeres de edad mediana y mayores con niveles socioeducativos medio-bajos y que viven en ciudades o pueblos pequeños hablaron de "problemas personales, laborales o familiares", "aburrimiento", "enfermedad"... Curioso.

Pero hay más sobre lo que reflexionar. Y lo hacemos de la mano de una noticia cuyo titular puede provocar un cortocircuito mental: "El alcohol hace a las mujeres más inteligentes. Un estudio de la Escuela de Economía de Londres revela que las que beben más tienen un mayor rendimiento intelectual y educativo". Sí, te deja turulata, y más cuando se sustenta en una investigación que procede de un organismo fiable. Pero si nos vamos a la fuente original, descubrimos que la realidad es otra: lo que este estudio refleja es que existe una relación positiva entre un nivel alto de estudios y un consumo elevado de alcohol. Es decir, que aquellas con mayores méritos académicos en su currículo tienden a beber más, y que las tasas de alcoholismo entre las que tienen títulos universitarios duplican a las que presenta la población femenina con estudios elementales. No es lo mismo decir: "Las mujeres que beben alcohol son más inteligentes", que "las mujeres inteligentes beben más alcohol". Se parece, pero no es igual.

Matices aparte, lo que esta encuesta -realizada sobre 17.000 personas nacidas en 1970 y publicada en 'Social Science and Medicine'- reflejaba era un cambio de tendencia en los hábitos alcohólicos: en nuestro imaginario vinculamos el abuso de esta sustancia (y los problemas que se derivan de él) con quienes tienen menos formación. Por otra parte, al cambio social se une el de género: son las mujeres (y no los hombres) con estudios superiores quienes más probabilidad tienen de ingerir alcohol a diario.

Las autoras del estudio, María Huerta y Francesca Borgonovi, lanzan la siguiente -e inquietante- hipótesis: "Si tu hija saca buenas notas, su probabilidad de que beba alcohol cada día como adulta se duplica". ¿Razones? Huerta y Borgonovi apuntan varias: estas chicas con mayor inteligencia y mejor rendimiento académico tienden a tener hijos más tarde, a disfrutar de una vida social activa y a trabajar en entornos laborales masculinos, en los que la cultura del alcohol está muy presente.

De por qué beben las mujeres habla Ann Dowsett Johnson en su obra Drink, que investiga la aparición de una generación femenina que usa el alcohol a modo de premio, como un remedio contra el estrés y la ansiedad. Hablamos de aquellas para las que tomar una copa tras una 'larga jornada de trabajo' es una recompensa, 'un porque yo lo valgo'. Un grupo, en definitiva, que ha normalizado la bebida.

Dowsett (ella misma alcohólica rehabilitada) apuntaba en una entrevista a 'ABC News' que "hemos llegado a pensar que beber vino tinto es igual a comer chocolate amargo. Conocemos los inconvenientes de tomar el sol y de las grasas trans, pero no los peligros de nuestra droga favorita".

En España, lo decíamos antes, la normalización del alcohol entre las féminas es un hecho. Según la encuesta del Instituto de la Mujer, el 70,3% de ellas consumió alcohol en el último año; en el último mes lo hizo el 32,5%.

Según un estudio de la OMS de 2010, las españolas beben 10,6 litros de alcohol puro al año, casi el doble de la media mundial, que se sitúa en 6,2 litros por persona. El mismo trabajo señala que el 7,3% de las mayores de 15 años se ha emborrachado el último mes. En cuanto a la dependencia, un 0,2% es alcohólico.

Hoy, la preocupación principal de quienes estudian este hábito se centra en la adolescencia. A esa edad, el consumo es generalizado y no se percibe como droga. Según expone el estudio del Instituto de la Mujer, "se toma como parte de un rito de iniciación a la vida de los mayores. Está directamente asociado al estado de conciencia con el que se participa en el grupo -tener un 'puntillo', estar contentilla...-, y los efectos no tienen una gran trascendencia para ellas". Hay diferencias, no obstante: quienes quieren ponerse a prueba hasta el final y las que rechazan llegar al límite que provoca el vómito o el coma etílico.

Los diferentes estudios refrendan que cada vez hay más homogeneidad en el ocio de chicas y chicos; en este contexto, beber sirve para corroborar la igualdad y cuestionar la cultura que ve con malos ojos que una chica lo haga. Y se distinguen varios tipos de consumo. Cuando se trata de una actividad de ocio en un grupo pequeño, como ir de compras o a 'dar una vuelta'... es similar al del adulto; en cambio, en el grupo grande surge la necesidad de experimentar límites.

Las chicas quieren beber como los chicos, pero no saben que tienen en contra (o a su favor, según se mire) su propia biología: "Ante un mismo consumo, las mujeres son más vulnerables que los hombres", explica el doctor Antonio Terán, coordinador del Centro de Adicciones San Juan de Dios de Palencia. "Debido al déficit en una enzima, metabolizan peor el alcohol; además, tienen un porcentaje menor tanto de grasa corporal como de proporción de agua. Esto hace que la dilución de alcohol sea inferior y, por tanto, las consecuencias tóxicas, mayores".

El problema es que el alcohol produce tanto tolerancia como dependencia. Y en las jóvenes acostumbradas a beber de forma habitual puede terminar dándose el fenómeno de la neuroadaptación, ese cambio de chip a partir del cual necesitarán una cantidad diaria de alcohol para seguir adelante, premiar sus méritos, consolar sus fracasos y combatir la ansiedad.

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