La ingesta de alcohol esta tan normalizada que los consumidores tienden a creer que esta es menor de la que realmente se produce. Esta tendencia a considerar que se bebe menos de lo que realmente se bebe nace de no considerar las “ocasiones especiales” como momentos de consumo. Es relativamente habitual escuchar afirmaciones del tipo “No, yo no bebo. Solo cuando salgo de fiesta”.

La normalización social del consumo de alcohol es la responsable de la falta de consciencia sobre las consecuencias reales de esta sustancia en el organismo. Debido a la trayectoria histórica del alcohol, la visión de este como una sustancia adictiva no ha terminado de cuajar entre la población. Esta es una de las principales causas de la distorsión a la hora de juzgar el consumo propio.

La principal consecuencia de no ser conscientes de la cantidad de alcohol ingerida es la falta de control sobre el consumo. Así como en los últimos años se ha podido ver una efectiva campaña de concienciación sobre el tabaco y sus efectos perjudiciales, no podemos decir lo mismo sobre el alcohol, que continúa siendo una de las principales herramientas de celebración o de descanso en los momentos de ocio. Además de la principal puerta al consumo de otras sustancias.

Actualmente se requiere de campañas de concienciación a nivel global que sean efectivas. Algo más que la simple descripción de los efectos perjudiciales del alcohol en el organismo. Estrategia que hasta la fecha no ha mostrado suficientes resultados. De una forma u de otra seguimos en el proceso de desvincular el consumo de alcohol del resto de actividades del día a día. Proceso que ha de venir de la mano de las instituciones educativas y del personal sanitario, ya que la población confía en este colectivo, siendo el más adecuado para relacionar consumo excesivo de alcohol con problemas de salud.

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