El consumo de drogas no tiene el mismo significado para hombres y mujeres, ni es valorado del mismo modo por los demás. Mientras que en el caso de los hombres el consumo de drogas es percibido como una conducta natural, social y culturalmente aceptada (salvo extremos donde la adicción a las drogas aparece asociada a una conducta violenta, temeraria o antisocial), entre las mujeres supone un reto a los valores sociales dominantes. Por ello, las mujeres adictas a las drogas soportan un mayor grado de sanción/reproche social que los varones, lo que se traduce en la presencia de menor apoyo familiar y social.

La estigmatización de las mujeres adictas aumenta el aislamiento social que sufren y favorece los intentos de ocultar el problema, que llevan a la persona a no pedir ayuda ni ingresar en un tratamiento. Numerosos estudios ponen de manifiesto como las mujeres intentan retardar la solicitud de ayuda hasta el momento en que las consecuencias sobre su salud o su vida familiar, social o laboral son devastadoras. Esto explica el hecho de que a pesar de que los hombres abusen del alcohol el doble que las mujeres, las tasas de varones en tratamiento sean cuatro veces mayores que las de las mujeres.

Las mujeres con una adicción perciben que han fracasado en su vida personal, familiar y social de manera más frecuente e intensa que los hombres con esta enfermedad. Esto se traduce en una desvalorización personal, tensiones y conflictos familiares y, en algunas ocasiones, violencia familiar.

En muchas ocasiones el entorno de la mujer enferma rechaza su condición de adicta. A diferencia de lo que les ocurre a los hombres, que suelen verse apoyados por su pareja, su familia o sus amigos. Las mujeres con un problema relacionado con las drogas se encuentran con el desinteres de su entorno o incluso la oposición abierta del mismo a la hora de iniciar un tratamiento por el consumo.

Esta diferencia en la respuesta del entorno social a los procesos de adicción a las drogas dependiendo del genero del enfermo explica por qué muchas mujeres optan por ocultar el problema. La mujer adicta tiene miedo de ser estigmatizada y sufrir la exclusión de su pareja, su familia y su entorno más cercano. No en vano, la identidad social femenina se construye sobre la afectividad y las relaciones con los demás, y la desconexión social es una experiencia especialmente traumática para ellas.

También hay que tener en cuenta el factor generacional en esta relación. Así, en las mujeres adultas  el consumo es percibido como un comportamiento reprobable mientras que en las generaciones de mujeres adolescentes y jóvenes, se ve con mayor normalidad el hecho de que se compartan determinados comportamientos con los varones.

En definitiva, existen dos lecturas diferenciadas en relación alde sustancias por parte de mujeres. Por un lado, se rechaza el consumo en mujeres adultas ya que supone una violación del rol tradicional femenino. Por otro lado, se acepta el consumo de las más jóvenes, ya que es el resultado de una nueva educación basada en la igualdad de genero.

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