Cada vez se hace más presente la necesidad de conceptualizar desde un punto de vista de mayor amplitud ética los procesos de adicción y consumo de drogas. La sensación general de que la adicción y sus consecuencias son un mal que se provoca la propia persona y, que como consecuencia, la responsabilidad es del individuo y no de la sociedad está empezando a desaparecer, siendo aun innegable la amplia presencia de este sesgo conceptual y ético en la población. No se puede conceptualizar al adicto como culpable de su circunstancia negando así los miles de factores vitales que llevan a una persona a la adicción. Las drogas están presentes en el día a día de las personas, y casi cualquiera ha tenido la posibilidad de consumirlas o las ha consumido, siendo la adicción una consecuencia que escapa a la elección de los consumidores.

El planteamiento de hacer desaparecer la sustancia del entorno o diavolizarla para evitar su consumo se ha mostrado fallido, ya que siempre hay circunstancias, siempre hay nuevos medios para acceder al consumo y en determinadas ocasiones la curiosidad es mayor que el miedo. La información que lleva a los individuos a consumir casi siempre viene dada por otros consumidores que remarcan los efectos “beneficiosos” de las sustancias. Además los consumidores primerizos observan, tanto en los demás como en sí mismos, que los efectos negativos del consumo no suelen ser tan terribles en un principio, lo que haciendo balance con la experiencia lleva en demasiadas ocasiones al consumo, tanto aislado como desmedido e irresponsable, provocando la adicción y/o otros efectos de índole catastrófica.

La prevención del consumo no reside en otro sitio que en la información. La educación recibida por nuestros jóvenes en este tipo de temas está teñida en muchas ocasiones de tabús sociales y dogmaticos más que de conocimientos realmente respaldados científicamente. Además, nunca se explican las dos caras de la moneda. Dentro de este proceso continuo de acoso a las drogas y sus consecuencias, muchos jóvenes se preguntan ¿Por qué entonces hay consumo? Si la droga es el mal ¿Qué es lo que tiene para agradar a tanta gente? Creando un efecto contraproducente, ya que por un lado llama la curiosidad del aun no consumidor, y por otro, el informante de los efectos placenteros de las sustancias acaba siendo un consumidor y/o traficante de la sustancia.

La situación del adicto es una consecuencia de un fracaso social y colectivo, no una responsabilidad individual. Es habitual por parte de las sociedades intentar esconder y maquillar el sufrimiento de los adictos sin atacar ningún origen, desplazando los lugares habituales de consumo y comercio a periferias cada vez más lejanas con la esperanza de que las “molestias” no se vean o se concentren en los barrios más desfavorecidos. Una vez más el problema es de empatía y estupidez. ¿Cómo entender el sufrimiento? ¿Cómo hacer entender a los que viven más arriba lo que sucede más abajo? Aunque la adicción no es solo un problema de pobres, como en todos los problemas, son las clases más desfavorecidas las que presentan un mayor índice de consumo y menores recursos para superar la adicción a la sustancia. Siendo los recursos públicos cada vez más escasos en favor de las entidades privadas que, indiferentemente de su calidad profesional, no están al alcance de todo el mundo.

La solución acabará llegando, la empatía y el conocimiento se impondrá en algún momento, pero a que costa. ¿Cuántas vidas destruidas? ¿Cuántas mentes arrasadas y familias atrapadas en espirales de sufrimiento? El primer paso es entender la propia responsabilidad en el sufrimiento de cada uno, cuando sepamos como sociedad que la miseria ajena es la misma que la propia estaremos mucho más cerca de la raíz del problema. No solo del consumo de drogas y la adicción, sino de todos los problemas.

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